Seminari de Psicoanàlisi de Tarragona
Formacions Clíniques del Camp Lacanià

 
 
 
 


Preludio I

Amor, deseo y goce en el síntoma. Este título puede leerse como amor, deseo y goce limitados por el síntoma o también amor, deseo y goce como función del síntoma. De cualquier modo, parece que el síntoma tiene un papel fundamental en como cada uno se apaña con su vida amorosa. ¿Nos deja libertad el inconsciente para elegir nuestra pareja?

Todos nacemos sometidos al goce de nuestra madre, que va a dejar marcas imborrables en nuestro inconsciente, en nuestra forma de hablar. La interpretación inconsciente que hacemos del deseo materno siempre enigmático, no deja de ser una invención, un soporte para separarse de él. Esto va a constituir el síntoma. El sujeto va a darse así un goce particular hecho con palabras o letras que funcionan como un objeto, un objeto oral, anal, mirada o voz de lo que supone que es para el Otro y que sustituye al objeto perdido. Lacan dirá que lo único interesante es el síntoma porque es lo que nos hace singulares en el modo de enfrentarnos al sexo y a la vida, en este sentido no está fuera de la ética. El síntoma nos asegura un estilo propio. Una forma particular de gozar de nuestro inconsciente. Así que el síntoma tiene una función separadora y otra de unión, une el goce viviente a la letra, une a un sujeto con su goce. Tiene una función de nudo, pero deja al sujeto a solas con su goce. No le une a otro.

El síntoma es necesario, pero por si mismo no nos da una identidad sexual y no nos une a una pareja. Los goces son a-sexuados. ¿Cómo podemos entrar en el amor sexuado? Por el falo y el complejo de castración, pero no todo, Lacan va a descubrir una lógica para decir lo que del sexo queda fuera del falo, de lo simbolizable, como hétero.

El deseo y el goce están unidos por el síntoma. ¿Y el amor? El amor (en el sentido sexual), que es una relación de sujeto a sujeto, incluye el lazo entre el sujeto y su goce. En el amor, otro ser hablante es utilizado como medio para gozar del inconsciente. Permite que el goce se enlace imaginaria y simbólicamente a otro sujeto En este caso el amor tiene una función de nudo. Funciona como un síntoma y como tal participa de la ética, ya que se puede decidir incluir a lo hétero en este anudamiento o dejarlo fuera.

El amor heterosexual anuda lo fálico y lo que queda fuera de lo fálico. Es el único lazo que incluye lo hétero.

El seminario XX no trata del goce en su conjunto, enfrenta la cuestión del cuerpo a cuerpo sexual, de lo que ocurre en la cama, donde el goce del Otro no es signo de amor. Es lo que Freud definió como degradación de la vida amorosa. Con el nudo borromeo Lacan logró producir una nueva manera de explicar la función anudadora del síntoma.

Victoria Torres

Preludio II

Hay una clínica de la vida amorosa, sin ninguna duda que viene avalada por el hecho de que de la vida amorosa todos los pacientes nos hablan extensamente, porque los asuntos del corazón como los del sexo hacen hablar y los neuróticos no escapan a ello.

Freud lo constató ya desde sus “Contribuciones a la psicología de la vida amorosa” donde intenta como dice él mismo “someter la vida amorosa a un tratamiento científico”. Freud sitúa las condiciones de la vida amorosa de una manera diferente en las mujeres y en los hombres. En los sujetos masculinos concluye que allí donde aman no desean, y allí donde desean no pueden en ocasiones amar. Mientras que para los sujetos femeninos, nos dice que el amor y el deseo convergen, al menos de forma aparente sobre el mismo objeto.

Sin embargo no todo está tan claro y Freud se pregunta sobre el secreto del deseo de los neuróticos en torno a este tema, secreto que Lacan designa como la imposibilidad de la proporción sexual. Lo que se conoce bien desde el Seminario Aún y otros textos con la frase: no hay relación sexual, es decir no existe la armonía entre los sexos, que daría cuenta de un goce homogéneo para los partenaires de una relación sexual.

Por otra parte esta diferencia que Freud inscribe en lo profundo de la vida amorosa entre una corriente sexual y otra de amor (la sensual y la tierna), Lacan la reformula en el Seminario Aún en el capítulo I de la siguiente forma: el goce del cuerpo (simbolizado por el Otro) no es el signo del amor. La condición para gozar de un cuerpo no está en el amor. La condición para gozar está en el poder gozar de una parte del Otro, el objeto a. Por otro lado este objeto a, esta delimitado por el significante que captura una parte del goce, y que permite situar o saber algo de este goce y de sus condiciones.

A su vez, el signo del amor, ¿donde poderlo encontrar si sabemos que no se encontrará sólo a través del abrazo o de la relación sexual? Tanto Freud como Lacan de diferentes formas nos dan a entender que el signo del amor se puede encontrar sobre la escena que el fantasma muestra, en lo que puede hacer demostración. Recordemos la escena del lago donde Dora da una bofetada al Sr. K porque éste degrada el objeto de su amor, la Sra. K, o la escena de la joven homosexual intentando tirarse a las vías del tren porque su padre lanza una mirada peyorativa sobre su amada, su Dama, degradando también así su objeto de amor.

Lacan nos dice en el texto de Televisión, que respecto del amor sus actores son capaces de los hechos más tremendos, lo cual nos muestra de manera reiterada el teatro. Que estos hechos, en una clínica nos den a ver tanto lo cómico como lo trágico de la vida humana a través de la escena, puesta en palabras, del fantasma particular de cada sujeto, es lo que permite tratar lo que se vive en la vida amorosa. De esta forma el sujeto se sitúa en un fantasma del cual debe poder desligarse para aligerar la parte de la escena que le aplastaba.

Este amor así situado y un tanto más ligero, es lo que hace vínculo entre los sujetos y permite a través del discurso y mediante la transferencia que se anude el síntoma especifico de cada sujeto, síntoma que a su vez y así anudado es el signo a descifrar de su amor, su deseo y su goce, y por lo tanto de su neurosis.

Esperemos que esta Jornada permita, a través de las contribuciones de todos los que participen, investigar la clínica del síntoma y del fantasma en la vida amorosa. De esta manera, y a través de los casos que se presenten, se podrá verificar si, como dice Lacan, el discurso analítico produce algo nuevo en el amor.

Clotilde Pascual

Preludio III

En el seminario Aún, Lacan retoma y replantea elementos que previamente ya había utilizado –el significante, el amor, el deseo, el goce, el cuerpo, lo escrito, etc. - para interrogarlos a partir de una nueva perspectiva que apunta sobre todo a su relación con el goce y el cuerpo.

El Otro, al que nos habíamos habituado para referirnos a lo simbólico, ahora va a hacer referencia al cuerpo, cuerpo del Otro, al que la relación sexual apunta pero no alcanza.

Más allá de la reducción que la ciencia somete al lenguaje para encasillarlo en la teoría de la comunicación y limitarlo a la linguística, Lacan destaca por el contrario, el efecto del lenguaje en tanto que inscribe un goce sobre el cuerpo. Lacan en el seminario citado nos convoca “en la cama”, es decir se pregunta qué responde de ese goce del cuerpo del Otro.

Lo que interesa resaltar a Lacan es que el amor no es una respuesta a esa pregunta, el amor solo apunta a la ilusión de que el Otro es alcanzable en el plano del ideal y sus satisfacciones. Pero realmente la relación con el Otro del sexo siempre es fallida, pues por estructura el inconsciente solo inscribe una manera de abordarlo, y no dos. Es por eso que decimos que no hay proporción sexual, pues tal relación de los dos sexos no tiene inscripción inconsciente.

Fallarlo a lo macho o fallarlo a lo hembra es la única opción, y el síntoma el modo en que cada cual anuda ese imposible de la relación sexual. Síntoma que en la cura analítica podrá ser tratado para que se pacifique de su no cesar impotente. Apuntar a convertirlo en signo de un imposible ya es detenerlo de la pendiente de sufrimiento a la que empuja a los sujetos cuando se alienan a amores ideales, y se engañan y confunden en deseos que solo lo son en su apariencia imaginaria.

El síntoma entonces se refiere a eso que siempre falla en la relación de un sujeto al Otro del sexo y su tratamiento no pasa por una técnica sexológica, ni por la seducción inspirada por el ideal de la existencia de una relación de amor genital.

Tratar el síntoma es hacerlo operar como lazo, o nudo singular de cada sujeto para articular a su modo los registros del amor, el deseo y el goce en los avatares de los encuentros sexuales. Pero tratar el síntoma es además facilitar la apertura del sujeto al inconsciente en tanto saber real de una falla, apertura al Otro radical del deseo y posibilidad contingente de un encuentro amoroso nuevo.

Juan del Pozo

Preludio IV

Hay un cierto paralelismo entre los impasses con los que se encontraron tanto Freud como Lacan en sus conceptualizaciones sobre el síntoma. En un primer momento de la elaboración freudiana, el síntoma es el exponente del retorno de lo reprimido, el retorno de una satisfacción sexual desplazada (el síntoma como símbolo de un conflicto anterior), portador de una verdad que hay que interpretar. Pero a partir de "Inhibición, síntoma y angustia", el síntoma encierra, es portador también de una satisfacción pulsional.

En Lacan también hay un desplazamiento del síntoma concebido sobre todo en su dimensión simbólica, como mensaje a enfatizar su faz de goce, a decir que el síntoma es en su naturaleza goce, lo mas real de uno mismo, de cada sujeto.

El síntoma en tanto que analítico se tiene que dirigir a un Otro y demandar ser interpretado, demandar un saber que al sujeto le falta y que le atañe, lo cual ya supone una cierta pérdida de goce. El sujeto dirige su síntoma a Otro porque cree que sabe, se trata de un amor al saber, a la vez que intentará hacerse amar por este Otro, por el analista al que se ofrece como objeto. El amor de transferencia le permitirá articular una demanda de saber al analista sobre su malestar aunque no quiera saber sobre el goce que encierra su síntoma. Por su parte, el analista no correspondiendo a este amor, intentará ponerlo al servicio de una producción de saber.

En otro registro, fuera del dispositivo analítico, en la pareja sexual, sólo el amor, dirá Lacan permite al goce condescender al deseo. ¿Como entender este axioma de lacaniano. Goce y amor son heterogéneos. Al principio del Seminario Aún, Lacan nos dice que gozar del cuerpo del Otro no es el signo del amor. Éste no establece una relación entre dos cuerpos sino entre dos sujetos, entre dos inconscientes, entonces lo que uno ama es a un sujeto, pero como nos dice C. Soler (La maldición sobre el sexo)  "...en la medida en que es gozado (el sujeto amado), en la medida en que por él algo se goza en la relación sexual, es objeto a".

El amor y el síntoma son dos formas de respuesta, de suplencia a la inexistencia de la relación sexual, a la ausencia de complementariedad entre los dos sexos, por lo qual no hay sujeto sin síntoma. A diferencia de otras terapéuticas, sostenidas por el Discurso del Amo apoyado en los los avances científicos y tecnológicos, que promueven la homogenización subjetiva y suprimir el síntoma, a la vez que intentan neutralizar al psicoanálisis como práctica de discurso;  el psicoanálisis, sabiendo que la dimensión sintomática de cada sujeto no puede ser suprimida, es una invitación, caso por caso, a un trabajo que le posibilite decir bién sobre su particularidad sintomática, a circunscribirla, a asumir al final del análisis su condición más particular de goce.

La identificación al síntoma, como conclusión de la cura supone previamente una ganancia de saber sobre la modalidad de goce fundamental del sujeto, para luego poder llegar a un "saber hacer" con el mismo. De esta nueva posición del sujeto sobre su síntoma más fundamental se supone que se obtiene a un sujeto más determinado en relación a lo que quiere y a lo que és, pero no (C. Soler. Lo que Lacan decía de las mujeres) por la vía de la identificación al Otro. Ello, entre otras cosas, posibilita vivir una nueva forma de amor, no como búsqueda de la completud con el Otro de la pareja sexual.

Isidre Bosch

Preludio V

BABEL

“Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes. Para las tinieblas del mundus alrededor de las cuales se enrolla la torre inmensa, que deje a la visión mística el cuidado de ver elevarse sobre un bosque eterno la serpiente podrida de la vida.”

Japón - Una joven sordomuda desnuda contempla desde el balcón la inmensidad de la ciudad en la noche. La ciudad le ofrece mucho o demasiado. Bajo un ritmo desenfrenado de objetos tecnológicos y de consumo busca a alguien a quien poder amar. La sociedad no se lo pone fácil. Goce e individualismo feroz, soledad de la que se quiere salir. Su padre no le entiende pero no es cuestión de lenguaje. Ese padre que una vez se fue al desierto de Marruecos y acabó regalándole un fusil al guía después de una cacería…

Marruecos - Un matrimonio americano viaja hasta el lugar más recóndito del desierto. Piden una coca-cola para hablar de aquello que no han podido superar; la muerte del hijo pequeño. Además él quiere hablar de ese amor que queda entre ellos. Ella no le entiende…No saben que días más tarde la bala de un fusil, que perteneció a un japonés, disparado por un niño marroquí le alcanzaría a ella para colocarla al borde de la muerte. Fue la contingencia y no los terroristas como cuenta la versión oficial...

Méjico - Amelia pone todo su deseo en acudir a la boda de su hijo en un pueblecito de Méjico. Han pasado dieciséis años desde que se trasladó a San Diego en busca de un futuro mejor. Trabaja para un matrimonio americano que está de viaje en Marruecos. Le han dejado que cuide de los hijos mientras ellos viajan por el desierto. Los niños americanos atónitos acuden a una boda mejicana, todavía no saben lo que les esperará en el viaje de vuelta…

Tarragona - La diversidad de lenguas determina las múltiples elecciones que hacemos los sujetos. Eso es Babel: un destino de aislamiento y dolor. Es la humillación de Dios al ser humano. Desde entonces, hablar significa traducir y leer, descifrar. El mensaje hablado del otro se traduce. Tiempo, distancia, referentes... dificultan el acto. El mal-entendido es un fracaso de la traducción. No hay relación sexual, hay síntoma.

Descifrar el síntoma implica encontrar ese dialecto particular de cada uno, esa letra inscrita.

Pero a pesar de Babel, intuimos que la intimidad del amor y del odio siguen ofreciéndosenos a una traducción casi inmediata.

Discutiremos en Tarragona por qué del amor, del deseo y del goce en el síntoma. El lenguaje “alcanza” para explicar aquello que sabemos; que la relación sexual no existe. Es más, porque no hay relación sexual entonces hay síntoma. Sabemos que el Síntoma sirve para satisfacer y fijar el goce particular de cada uno. También que el amor vincula, que une a otro ser, que permite al sujeto salirse de ese goce solitario, que permite al goce condescender....... al deseo.

¿Amor y deseo permiten Aún hoy trascender Babel?

Anna Orts

Preludio VI

En su punto de partida el descubrimiento freudiano puso de relieve el deseo. Deseo que mantiene abierta la división del sujeto y por tanto nos humaniza.

Lacan, en el Seminario V, -Las Formaciones del Inconsciente-, señala que en la estructuración del deseo del sujeto, en torno al deseo infantil, el deseo esencial, es deseo de ser reconocido por el Otro, por los padres en tanto que niño deseado, lo que señala la dependencia del sujeto respecto al deseo del Otro.

¿Cómo se localiza el deseo? El deseo es una incógnita en todo discurso, por tanto una x, nos dirá Lacan en su texto la Proposición del 9 de octubre, no se formula, se vehicula a través de los significantes de la demanda.

Demanda de amor y de interpretación que el sujeto llevará al analista, al que atribuirá un saber sobre su sufrimiento, sobre su síntoma. Pero para que un deseo pueda emerger, la demanda deberá quedar en algo insatisfecha. Así la posición del analista de no responder a la demanda, podrá permitir al sujeto hacer el pasaje desde la sumisión a la demanda del Otro, posición alienada en la que se encontraba al inicio del análisis, hasta una posición de deseo auténtico.

El síntoma que el sujeto trae a la consulta y del que se queja por el malestar que le depara, va a ser portador de un deseo, deseo enmascarado, tal como Freud lo descubrió. En el Seminario V, Lacan toma un caso de neurosis histérica de Freud, el de Elisabeth von R, para señalar que la noción de máscara del síntoma, representa que un sujeto está implicado en una situación de deseo. Asimismo que el dolor que aparecía en ese síntoma, señal en el cuerpo de un goce, connotará que el sujeto no satisface sólo un deseo, sino que goza de desear. La repetición de goce, va a ser otra de las formulaciones de Lacan respecto al síntoma. Y en la última parte de su enseñanza, va a señalar que de lo que se trata es de localizar Un goce, la letra, que es lo que está capturado en el síntoma.

¿Cómo poder pensar la relación entre goce y deseo? En el Sem. 10-La Angustia- Lacan plantea un anudamiento posible entre goce y deseo a través del amor, enunciando el aforisma: Sólo el amor permite al goce condescender al deseo. El amor que introduce en el término medio hace que alguien condescienda a desear. Amor, que en sí mismo es una sublimación, lo que implica una dimensión de protección del goce, función de límite al goce del lado de la castración, castración necesaria para acceder al deseo. Lo que referido a la relación analítica quizá podría enunciarse como: sólo el amor de transferencia permite al sujeto localizar el goce y condescender al deseo. Goce alojado en el fantasma, que si el analizante consiente en perder, abrirá la posibilidad de que al final de la cura el sujeto pueda producir un nuevo deseo.

Ana Alonso

Preludio VII

Los poetas galaico-portugueses de los siglos XIII y XIV rimaban a la aurora su amor apasionado a la “Mía señor” por quien suspiraban, a quien suplicaban o de quien esperaban, en algún caso, el don de un parpadeo que ciñese su mirada o poder tocar el cielo si la “señor” olvidaba la prenda que había rozado sus labios, en señal de entendimiento.

Este mismo poeta, al atardecer, dobla a una mujer, sujeto lírico, que anhela y habla de su amor por el “amigo”; de la espera, de sus cualidades o del encuentro que está próximo a realizarse. El trovador se metamorfosea en novia enamorada asumiendo su decir y su condición con indudable eficacia y con un lenguaje saturado de símbolos eróticos y sexuales que expresan su agitación interior incontenible que la sumergen en la noche de tristeza que la desliza hacia la muerte de amor.

Llegó la noche, después de haber sido rechazado por la Madre Abadesa [1] , escuchamos de su boca una sátira procaz que habla de lo imposible de satisfacer la avaricia sexual de la religiosa.

Para poder hablar desde el principio del amor, del deseo y del goce Lacan nos propone, más de una vez, hacer un recorrido por el amor cortés; en la Galicia de la Edad Media los poetas hacen del ser un cuerpo, un cuerpo de mujer.

Decía Lacan, “se tiene lo que no se es y se es lo que no se tiene”; los metafísicos separaron siempre la esencia de la existencia, y vienen los cantores del amor cortés y hacen existir a lo que no se tiene. Así se explica que diga Lacan, el 4 de mayo de 1960, que “la idea de colocar a la mujer en el lugar del ser, como hacen los poetas, es increíble, pero pudo surgir porque a ella no le atañe en tanto que mujer sino en tanto que objeto de deseo”.

Santo Tomás, coetáneo de los trovadores, lo solucionaba con el “ens ab allio”, la materia y la forma y su particular manera de anudarse. Nunca ha dicho que la mujer no tuviese alma pero lo que si se puede deducir de su doctrina de la forma es que la mujer no existe, dicho por otro francés 700 años después.

Los miñotos, en sus cantigas de amor de amigo y de maldecir, dan un lugar al otro del amor, al otro del deseo y al otro del goce.

Hay un otro del amor, “la mía señor”. Es el esclavo quien conjuga el verbo al llamar a su señor “amo”. El esclavo poeta sólo tiene una cosa y no es suya, un amo, que para hacerla suya la convierte en “amor” que ya es un sustantivo, una sustancia, un cuerpo que se lamenta, que suplica o que recoge una mirada o una voz de “la súa señor”. El amo le ha privado de su cuerpo; no hay goce sin cuerpo. ¿De qué goza el esclavo poeta? “De lo que de su cuerpo ha deslizado fuera del dominio subjetivo” [2] : lo que lament a, lo que suplica, la mirada, la voz….; con estos mimbres fabrica un maniquí, que no puede sujetar el goce que se efunde por todos sus agujeros. Si hay un después de la efusión colgará de las cuatro perchas el deseo.

En la cantiga de amigo el poeta transvestido de mujer escudriña el amor en sus fuentes y habla desde ese lugar.

Cuando decimos que la demanda es una demanda de amor y suponemos amor como genitivo objetivo, surgen interrogantes que enredan la comprensión, pero si, un suponer, amor es genitivo sujetivo tendríamos que la demanda estaría originada por el amor. Esta es la lógica que sigue el amigo: en el principio era el amor, el amor es ahistórico, no es historia pero habla y espera la respuesta del “amigo”, y por hablar entra en la historia. El deseo es la demanda que espera. El deseo surge de lo que queda en la demanda de no satisfecha. ¿Qué espera? En las cantigas de amigo los objetos del deseo remiten al falo.   Es el tono fálico de esta espera lo que le alegra el cuerpo jugando con las olas en el mar de Vigo [ 3] o lo que desgarra sus carnes, porque morirá virgen esperando a su amigo en la isla de San Simón [4] .

Amor, deseo y goce enlazados con el “ sirgo” [5]   con el que no podrá enlazar sus cabellos la doncella si no viene su amigo. [6]

El poeta, que quizás no había escuchado a Lacan, sabía que “en la relación amorosa la mujer goza causa su¡” [7] .

En las cantigas de “escarnio” que se refieren al sexo, la mujer aparece como la que goza, el hombre, representado por el pene o penes con los que intenta obturar el goce de la mujer, abre en sus carnes el agujero de ser macho y echa mano de la “palabra escarnio”  y esta demanda de ser el otro del goce del otro abre un impás por el que se cuela el deseo. Goce y deseo en la obscena palabra del poeta.

Los tres modos de la poesía medieval gallega están ahí como ficción que vela la ausencia de relación sexual: la obstaculizo, la espero, la mal-digo.

[1] Fernand'Esquío. (CBN 1604 bis; CV 1137)
[2] Lacan, 31 de Mayo de 1967
[3] Ondas do mar de Vigo, Martín Codax (CBN 1278; CV 884; PV 1)
[4] Sedia-m'eu na ermida de San simion, Meendinho (CBN 852; CV 438)
[5] Cinta de seda
[6] Cantiga de Pero Gonçalvez de Portocarreiro. (CBN 861; CV 505)
[7] Lacan, 1 de Marzo de 1967

Arturo Camba Gómez